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Hermosa

La miró a través de la ventana. Realmente, era hermosa como la más bella de las flores.

Caminando por la calle, se ganaba todas las miradas, incluso algunas mujeres se daban vuelta para poder envidiarla mejor.

No, no se comparaba con nada.

Leyó de nuevo la carta. Estaba seguro, hoy se la daría. Bueno, casi seguro.

No es que dudara de la carta, es más, le parecía merecedora de pertenecer a ella. La brillantina había sido una buena idea, levantaba el ánimo de la confesión.

No, no era la carta de quien dudaba.

¿Cómo no dudar de sí? Ella era la mujer más hermosa que jamás había visto, no podía estar más nervioso. Además, bien sabía él que, cuando se trataba de mujeres, nunca se podía adivinar la respuesta. Era como leer un muro de cemento, ni una pista. Nada.

Pero aquella era la muchacha de su vida, sería el sol que iluminaría cada uno de sus días. Por lo menos, hasta que egresaran.

Si, en unos meses el año terminaba, y todos debían elegir una buena escuela a la que asistir.

-No es fácil crecer. Voy a extrañar este lugar –Se dio vuelta para observar mejor aquel, su salón. Con los trabajos de todos, un poco maltratado, pero muy querido.

Sí, definitivamente hoy sería el día. No podía esperar más. Estaba por entrar, cuando pisara el umbral de la puerta sería el momento perfecto para ponerse en frente suyo y entregarle la carta. La carta… Volvió a leerla. No era mucho, bastante simple, llano, directo al grano. Le gustaría, estaba casi seguro. Casi.

Se volvió a la ventana y la vio más cerca, a unos metros. Sí, estaba por entrar, no podía tardar más o llegaría tarde. La maestra se iba a enojar de llegar ella tarde. Y si la maestra se enojaba, se podían despedir de los caramelos a la tarde, después de la siesta.

No, no podía permitirlo.

Entró. La vio entrar. Colgó su mochila. La vio colgar su mochila.

“Incluso haciendo nimiedades, es hermosa”, pensó para sí.

Ahora. Ahora era el momento.

Se acercó despacio. Ella se dio vuelta y lo vio acercarse. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se animó a hablarle. Ella lo oyó hablar.

-Susana… ¿Querés ser mi novia? –Pregunto algo tembloroso mientras le entregaba la carta.

Susana, algo sorprendida, tomó la carta y leyó un “TE QUIERO” escrito con crayón marrón, y alrededor de aquellas dos dulces palabras, brillantina de todos los colores pegada con demasiada plasticola. La carta era rara, pero hermosa, expresaba lo que quería decir, y no se pasaba de palabras.

-Si –Dijo con confianza y una sonrisa de oreja a oreja,

Él, sorprendido, le sonrió de vuelta, y le ofreció la mano. Ella la tomó con dulzura.

-¡Chicos de preescolar, a la salita! –Escucharon a su maestra llamarlos, y fueron, tomados de las manos, y sonriendo.

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