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Convicta

Al respirar por primera vez soltera, sintió que esa bocanada de aire se parecía a la de aquella oportunidad, fresca, nueva.
Las cosas siempre terminaban así después de ese tipo de diálogo, “Sí, tres años”, y la relación se iba a la mierda.
Caminar en la ciudad, sabiendo que no volvería nunca a esa zona con los mismos propósitos que la habían llevado allí en un primer lugar, le pareció extrañamente liberador. No tenía ningún destino en absoluto, pero eso no significaba que no tuviera donde regresar; sentir eso le dibujó una sonrisa en el rostro, mientras avanzaba por Olleros, y cruzaba Luis María Campos.
“No es para tanto”, pero sí era. Ella sabía. “Fue hace mucho”, pero a quién le importaba. Esa marca quedaría en su historial civil de por vida, y parecía que todos querían hacerle acordar de ello.
“No podría importarme menos”, quizás se lo dijo a la sociedad.
Los caminos de casas viejas y lujosas se abrían ante ella con preocupante rapidez, mientras sus pies andaban sólo por andar. Poca gente sabía valorar eso tan bien como ella. Sólo quien sabe lo que es la falta conoce de abundancia. Y entonces abundaba la libertad, extendiéndose por todo el firmamento, abrazándola con amor nostálgico; las muchas libertades, mejor dicho. Embalsamada de su cariño, se dejó sostener en el viento, y voló por las caras calles.
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