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10 Centavos

Sólo cuando hubo bajado todas las escaleras para la estación Bulnes de la Línea D, se dio cuenta de que quizás no le alcanzara la plata para un viaje. Sosteniendo el recién adquirido Muffin de chispas de chocolate en una mano, con la otra empezó a hurgar en su monedero. “75 centavos”, para luego pasar a hurgar en su pequeña cartera beige. Una moneda, dos, tres… “En total, un peso.” Estaba a tan sólo diez centavos de un cómodo viaje hasta su casa; pero, ¿de dónde los sacaría? Claro, bien podría pedir diez centavos a alguien que se dirigiera a sacar un boleto. Pero no, a ella realmente le molestaba cuando un extraño le pedía plata, y no quería caer en lo mismo. Se quedó un rato parada cerca de la boletería, quizá esperando a que alguien la notara, se compadeciera y se acercara. Obviamente, eso no pasó. Entonces, dirigió su vista al andén: se había bajado del lado equivocado. Suspiró, y subió sin ganas las escaleras. Mientras esperaba a que el semáforo cambiara para cruzar, su mano seguía hurgado en su cartera, como creyendo que de repente, una moneda aparecería. Cada tanto sacaba el pastelito de su bolsa y le daba un buen mordisco. Fue lo suficientemente estúpida como para gastar nueve pesos en esa yankilada, sin fijarse antes si luego le quedaría suficiente para viajar.
Cruzó, bajó del lado de “Congreso de Tucumán” de la estación, y se quedó observando. En eso, un pensamiento fugaz pasó por su cabeza. Quizás, con algo de suerte… Empezó a caminar con la vista pegada en el suelo, convirtiéndose, de la nada, en un rastreador de metales humano. “Alguien tiene que haber dejado caer una moneda, sólo una…” No: la gente era demasiado tacaña. Resopló con furia, sólo le quedaba pedir monedas. Encontró un buen objetivo: una viejita vestida muy elegantemente, con una carterita blanca donde no debía entrarle más que la billetera y el estuche de sus anteojos. Las viejitas siempre habían sentido debilidad por ella, y estaba conciente de eso. Estaba a punto de dar un paso hacia ella, con una verosímil historia sobre cómo perdió aquella importante moneda armada en su cabeza, cuando sintió que… que el orgullo era más fuerte. Sacó el muffin, le dio un mordisco. Se había decidido: caminaría. No estaba muy segura de hacia dónde, pero tenía toda la tarde libre, y era una buena oportunidad para conocer. Volvió a salir a la superficie, y se puso a caminar en la primera dirección que le pareció. Caminó y caminó, y a veces tiró alguna de sus inútiles monedas para decidir el rumbo, y siguió caminando. Después de varias cuadras, varias vueltas, con las calles aún mojadas de la lluvia de hacía unas horas y el cielo de un gris pétreo que combinaba con los edificios, y habiendo acabado el muffin hacía tiempo, se encontró perdida. No le preocupó: sabía que si seguía caminando encontraría algún lugar conocido eventualmente. Así pasó por una iglesia de estilo gótico que hacía las veces de escuela privada, por un lindo parquecito, cruzando una pequeña peatonal por la que no se interesó demasiado… En fin, cuando se quiso dar cuenta, y gracias a una moneda de cincuenta centavos, se encontraba en Jorge Luis Borges, a una cuadra  de av. Santa Fé. Sabía donde estaba: allí, en en una placita en el medio de la avenida, estaba la estación Palermo de la Línea D. Pero antes de ir para allá, algo llamó su atención: en una vidriera, un bonito vestido la llamaba a gritos. Se acercó: entre solero y vestido, pasaba las rodillas, era escotado ya que, como muchas bikinis, subía en triángulos, sólo que estos eran más grandes. De fondo celeste, tenía rosas rojas bosquejadas y pintadas. “Me encanta”, se dijo, y llamó a la puerta del pequeño negocio para preguntar. Después de todo, no tenía nada que hacer, y por mucho esfuerzo que pusiera, no había logrado encontrar una sola moneda en todo el condenado piso. “TODOS son unos tacaños” se repitió, mientras la dueña del lugar se apresuraba a la puerta de cristal para abrir. “Qué necesita?” preguntó, amable. “No, sólo paraba para averiguar… Ese vestido de la vidriera, el celeste con rosas, ¿me podría decir el precio?” temiendo una cifra que superara los cien pesos, se preparó para lo peor. “MMmm, a ver…” la vendedora, bajita y simpática, empezó a buscar entre los vestidos colgados detrás de la vidriera, hasta dar con un par que eran el mismo modelo, en diferentes colores. “Sí…” buscó la tarjetita y se fijó en los números escritos en lápiz. “Ajá, setenta pesos”, respondió, con un sentimiento de autosuficiencia. “Buenísimo!” respondió ella, animada por la corta cifra “Entonces nos vemos, muchas gracias”, y salió del negocio con la esperanza de volver pronto para hacerse con uno de esos vestidos.
Con renovada voluntad, pasó de largo la estación Palermo, doblando por Santa Fe. Luego de unas cuadra de encontró frente a la estación Scalabrini Ortiz. “Ah… Acá…”, sí, estaba recordando, por ese lugar se encontraba el negocio de muebles de sus tíos. La salvación, en otras palabras. Cansada de dar tantas vueltas, usó por última vez la moneda de cincuenta para decidir si debería buscarlos por la derecha o por la izquierda. Derecha quiso ser, y siguió su suerte. En efecto, luego de una cuadra se encontró frente a “Muebles Mi Hogar”, y gritó “LLEGUÉ!” alzando los brazos. Sus tíos la vieron entonces, y se acercaron a recibirla.
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